Aviso para navegantes

En memoria de Fernando Cuen Martín, que me amó y creyó en mí. Ya ha pasado un año. Siempre en mi corazón.

sábado, 23 de mayo de 2015

Tatuaje




Son las doce y media del día 23 de mayo, sábado. Mañana hará un mes desde que tu corazón se detuvo y dejaste de respirar. Yo sigo respirando, pero mi corazón también se ha detenido, sorprendido, dolorido, incrédulo.
Durante casi dos años y medio giré en torno a tu órbita. En realidad, giraba en torno a dos órbitas, la de mi hijo y la tuya, intentando ajustar el mecanismo de mi nave para mantenerme próxima a las dos, disponible, cercana, presta a socorrer a mis dos soles.
 Dos años y medio intensos, colmados de experiencias, de vivencias, de amor, de ternura y también de problemas que fueron creciendo como una bola de nieve, de preocupaciones y de frustración. Y, sin embargo, nunca dejé de aferrar tu mano y de estar ahí y tú lo sabes. Y es lo único que ahora querría poder repetirte y confirmarte, que te quise, a pesar de que a veces no veía la luz al final del túnel y de que protestaba y me enfadaba. Sé que es una estupidez. Tú lo sabías, lo sabes. Sabes que siempre cubrí tu retaguardia, como un soldado, y que, como una amante esposa, te escuchaba, asentía o te contradecía, te acariciaba, te regañaba, apagaba fuegos y te lanzaba el salvavidas…y me sentía amada y deseada y respetada y mimada. Si hubieras podido, hubieras disparado a la luna para derribarla del cielo y ponerla a mis pies, no albergo ni la más minúscula duda, pero no tuviste la oportunidad.
De una y mil maneras intento retenerte. Tu foto sobre la mesa mientras escribo estas líneas, tu foto en la mesilla de noche y en la pared del dormitorio, tu ropa en mi armario, tus camisetas en un cajón, tus zapatillas al lado de mis zapatos. No hay lugar en donde no estés presente y, aunque no estuvieras en ninguno, seguirías aferrado a cada célula de mi cuerpo, a cada pedacito de mi espíritu.
Es triste que no nos demos cuenta de lo mucho que tenemos hasta que lo perdemos y de lo poco que importa todo lo demás.
Amor y odio en proporción. Amor y lealtad hacia ti. Odio hacia los que intentaron pisotearte mientras vivías y que quisieron humillarte y hacerte desaparecer tras tu muerte. A veces decías, no sé si con estas mismas palabras, que yo era demasiado buena para creer que hubiera tanta maldad. Sí que lo creía, y poco a poco había ido dándome cuenta de la  que te acechaba personificada en seres cercanos, pero hasta el momento de tu muerte no supe que alguien pudiera albergar tanta perversidad. Tres buitres, tres hienas cebándose en un cadáver cuando ya no podía defenderse.
Me duelen los recuerdos que con tanto cariño reuniste y que han sido mancillados y ultrajados, me duele pensar que manos irreverentes y malditas han tocado todo lo que te pertenecía.
Ni olvidaré ni perdonaré. Nunca. Jamás.
De una y mil maneras intento retenerte. Estás en mi corazón y estás en mi casa. Tan sólo necesito tenerte en mi piel.



lunes, 18 de mayo de 2015

En memoria de Fernando


Actualización a 18 de mayo de 2015

Recupero la primera entrada de este blog.

Cuando empecé a escribir este relato, le di a leer a Fernando los primeros párrafos, ya que quería su aprobación y su permiso para continuarlo, pues estaba basado en él. Le emocionó mucho y me pidió que siguiera y lo terminara. Cuando estuvo acabado lo dio a leer a algunas personas. Algunas de ellas han demostrado, después de su muerte, su verdadera condición, la de buitres (pido mi más sincero perdón a los buitres reales que nunca serían capaces de hacer tanto daño) y le han dado la última puñalada estando de cuerpo presente. Pero para su desgracia, lo que nunca podrán borrar es el amor que él me dio y el que yo le di a él. Es por ello que rescato esta entrada en la que se describe esa parte de Fernando que no todo el mundo conocía.

Va por ti, Fernando Cuen Martin. Con mi amor. Tu ranita.


 
Dedicado al hombre que inspiró este relato con la narración de sus propias experiencias, dedicado al hombre que comparte mi vida y al que quiero. Y a tantos otros que, como él, arriesgan sus vidas ya sea para informar de los conflictos armados en calidad de corresponsales de guerra o, para defender, como militares, la vida de otros en esos mismos conflictos.


LA MIRADA QUE PERDURA

La penumbra se ha ido apropiando de cada rincón difuminando los contornos, despertando a los fantasmas, ahuyentando al presente, emplazando al pasado, destilando tristeza y melancolía.
Hundido en el desgastado sofá, un hombre contempla una fotografía que cuelga de una de las paredes, iluminada por la tenue luz de la luna que se filtra a través de la ventana. No puede apartar la mirada de esos ojos azules que lo miran sin maldad, de esos ojos azules inocentes, de una inocencia que tiene las horas contadas.  Un vestido de color blanco roto cubre el cuerpo infantil,  en el que apenas se vislumbra un atisbo de la mujer que reposa escondida en su interior, presta a florecer, ignorante de que una mano desconocida la arrancará de cuajo antes de que llegue la primavera. La niña sostiene en  sus manos una hogaza de pan que come frente a un edificio en ruinas,  junto a un vehículo blindado. Una hogaza de pan que le ha costado un pedacito de alma¸ un pedacito de infancia y que se suma a otros tantos pedacitos de los que se han apropiado seres sin escrúpulos.
Una cámara capta ese instante, inmortaliza el momento, no tan sólo en el papel de revelado, sino en la retina y la mente del fotógrafo. Esa niña se ha filtrado en su alma, llenándola de ternura, de frustración, de culpabilidad. Nada será igual después de haberla conocido. Es un camino sin retorno.
No es un recién llegado, no es un principiante que se da de bruces por primera vez con la cruda realidad de un conflicto bélico. La sangre y el dolor ya no le son ajenos. Hace años que le enseñaron el valor de una vida una humana, que no es más que el precio de una bala. Hace años que se topó con el primer cadáver. Y él mismo podría ser a esas alturas un cadáver más, un número más en las estadísticas militares. Las cicatrices de toda una vida lo atestiguan. Y sin embargo, ese pequeño ser que inmortalizó un día de hace muchos años dejó una huella indeleble en su corazón.
Detrás de él, en el umbral, otros ojos azules lo contemplan, los ojos de otra niña que sí que  tuvo la oportunidad de convertirse en una mujer con el alma impoluta. Y esos ojos lo miran con ternura, con dulzura, llenos de determinación, con la determinación de una mujer que ama sin condiciones, consciente de que el hombre al que quiere nunca será un hombre ordinario y de que el pasado llamará a su puerta en algunas ocasiones, como en ese anochecer en que la niña de la fotografía lo convoca y lo devuelve a esa guerra, a ese momento. Y ella sigue allí en silencio, esperando a que ese instante pase. Y, cuando él dirija sus pasos hacia la puerta, estará allí esperándolo para recordarle que nunca más volverá a estar solo con sus fantasmas, que nunca más tendrá que luchar solo contra los molinos de viento.
Y, de repente, un concierto de gritos, cánticos y risas atraviesa las paredes de la estancia y se cuela a través del ventanal. El gol del desempate enciende el fervor de los aficionados. El aire estalla al ritmo de los fuegos artificiales que ascienden al cielo desde los balcones colindantes, cientos de detonaciones que ensordecen las conciencias, que aletargan el corazón.
El hombre sigue contemplando la fotografía y el rostro infantil, pero su alma ya está en otro lugar,  un lugar en el que las detonaciones también se suceden sin tregua.  En ese lugar no hay risas ni cánticos, pero sí que hay gritos, gritos de angustia sobre cuerpos sin vida y sobre tierras yermas.
 El hombre recuerda. Tiene las manos manchadas de sangre. También se han teñido de rojo su chaqueta,  su pantalón de camuflaje y su mochila. Todo está impregnado de olor a muerte. Sujeta la cámara fotográfica con los dedos crispados mientras intenta desprenderse de los restos humanos que han caído sobre él, los restos humanos de su compañero y  amigo,  que no pudo escapar de la bala de un francotirador cobarde y miserable.
Hacía tan sólo unas horas, ambos charlaban en un garito húmedo y pestilente, uno de los únicos locales que aún se atrevían a abrir sus puertas en una ciudad acosada por la destrucción y la lucha fratricida. Entre copa y copa blasfemaban contra la estupidez del ser humano, contra la indiferencia de la sociedad en la que habían nacido, contra la población adormecida que se creía ajena al horror, a salvo de las tragedias plasmadas por las fotografías que lunáticos como ellos hacían jugándose la vida en una danza histriónica, cruel, macabra.
Unas horas antes hablaban y reían y se llamaban el uno al otro “compadre” sabiéndose miembros de una cofradía a la que sólo pertenecían los que habían llenado sus ojos de dolor, sangre, impotencia y rabia, pero que, a pesar de todo, mantenían la esperanza, diminuta,  pero esperanza al fin y al cabo,  en el ser humano,  pues, entre tanta barbarie y destrucción, otras almas entregadas curaban heridas y restañaban espíritus a riesgo de convertirse ellas también en víctimas de la indiferencia.
Una ráfaga de viento sacude los visillos blancos, desparrama los recortes de prensa amontonados en el escritorio y dispersa los recuerdos.
Ella entra en la estancia sin hacer ruido, con pasos quedos, y cierra la ventana. Se acerca al sillón y se arrodilla a los pies del hombre que, en aquel momento, tiene los ojos húmedos y el espíritu trémulo. No dice nada, simplemente apoya la cabeza en sus rodillas y espera pacientemente a que los segundos caigan uno a uno, y a que los fantasmas se despidan y se desvanezcan. Y, entonces, él acerca la mano y acaricia con dulzura su cabello.  Y ella sabe que él ha regresado de esa región donde se hospedan la amargura y el miedo.
Se incorpora lentamente, abandona su mano entre las suyas y suavemente se desliza hacia el dormitorio. Él se deja llevar. Y ella le enseña una noche más que el amor existe, que la ternura no es una moneda de cambio, que él es importante, único, irrepetible. Le enseña que la vida no es sólo del color negro de la desesperanza, que la vida es azul, rosa, púrpura, blanca, amarilla, naranja, como en los trazos de un dibujo infantil;  que la vida se abre paso en cada rincón, en cada esquina, en cada rendija; que la vida se abre paso a través de la sangre, de los restos mutilados, de los escombros, de las ruinas. Ella le enseña que la vida es sagrada y que seguirá siendo sagrada por más que se empeñen en degradarla, masacrarla y en hacerla desaparecer.
Dos cuerpos unidos, abrazados, en estrecha comunión. El abandono de un alma en otra alma. La respiración acompasada de ella calma su corazón que aún late acelerado, y un sentimiento nuevo inunda cada partícula de su ser.
La niña de la fotografía sigue presente en su corazón y su compadre sigue aferrado a sus entrañas. Ninguno de los dos lo abandonarán nunca. Sin embargo ahora sabe que, cuando cualquiera de ellos regrese a visitarlo, habrá alguien más que los reciba, alguien más que estará con él cuando no sea capaz de decirles adiós, alguien que los acompañará a la puerta,  los despedirá con una sonrisa y les dirá que regresen pronto, que son bienvenidos. 
 Cada recuerdo, cada momento cuentan.  Son esos recuerdos y esos momentos los que han esculpido y creado al hombre a quien la mujer que duerme a su lado ama. Cada paso que ha dado, cada herida, cada cicatriz, cada desilusión, cada noche de risas y miedo compartido con el ruido de fondo de los bombardeos, lo han transformado en el hombre que es.

Otro día comienza, las calles empiezan a llenarse de caras adormecidas que compran el diario en el quiosco de la esquina. Nadie sabe el nombre del autor de la foto de la portada, pero no importa. Quizás mañana esté muerto. Uno más. Los transeúntes comentan el gol histórico de la víspera y se felicitan por el triunfo. Duermen.
Fernando Cuen Martin, 30-3-1953  -   24-4-2015  Siempre en mi corazón. Los problemas nos rodearon, pero no consiguieron separarnos.

viernes, 10 de abril de 2015

A tientas por la vida


Tarde en casa, sola. Los pequeños tesoros crecen y, de la noche a la mañana, el mío ha empezado a agitar sus alas al borde del nido con su vista en el horizonte, descubriendo el mundo y descubriéndose a sí mismo. La adolescencia ha llegado,  ha llegado demasiado pronto y me ha sorprendido desprevenida. Lo observo y me pregunto qué será de su vida, hacia dónde van sus sentimientos y adónde lo llevarán sus sueños. Sé que no puedo protegerlo de la adversidad y de las decepciones porque son inherentes a la vida, igual que lo son la alegría y la risa.
Él descubre la vida y yo transito por ella sin saber aún hacia dónde me encaminan mis pasos por más que trazo planos y señalo sueños en el mapa de mi existencia.
 El espejo me devuelve la imagen de una mujer cercana a los cincuenta, que está perdiendo la tersura de su piel y, con ella, unas cuantas esperanzas e ilusiones.
Él crece y camina solo, ya no necesita tanto mi presencia aunque sí necesita saber que cuenta con todo mi apoyo y un hombro en el que llorar cuando tropiece en el sendero de la vida.
La soledad se asoma a la puerta en muchas ocasiones y me encuentra preguntándome a quién puedo explicar mis preocupaciones y mis miedos, a quien puedo pedir que mire debajo de mi cama para ahuyentar a los monstruos, porque a mi alrededor todo el mundo está demasiado ocupado con su propia vida, pero siguen existiendo monstruos debajo de la cama aunque hayamos crecido.
Y yo sigo preguntándome por el sentido de todo.


miércoles, 17 de diciembre de 2014

Resumen de la situación

El 14 de septiembre es la fecha de mi última entrada en este blog. El tiempo pasa muy rápido y nos lleva en volandas con él. Desde entonces no he escrito nada en este cuaderno de bitácora, ni he escrito relatos ni tengo en mente ninguna novela...Lo he intentado, pero me resulta muy difícil encontrar la creatividad mientras apago incendios, capeo temporales y me dedico en cuerpo y alma a los que quiero.

Este blog lo inicié para despertar a esa escritora dormida, a esa niña que lápiz y papel en mano soñaba con ser escritora, como la inolvidable Jo de "Mujercitas". Y, como la inspiración no llama a mi puerta desde hace mucho, los días han ido transcurriendo sin que yo apareciera por aquí.

Durante estos tres últimos meses he realizado un curso a distancia en Calamo@Cran, una escuela de Madrid. Se trata de un curso de corrección de estilo, porque no sólo me gusta escribir, sino corregir, analizar la sintaxis, el vocabulario, mimar nuestro idioma (cualquier idioma merece que lo mimen y lo cuiden) y hacer que un texto pueda sentirse orgulloso de sí mismo antes de debutar en el mundo.

También me las he visto con un curso a distancia relacionado con mi actual ámbito laboral y he de confesar que ese lo he hecho con muchas menos ganas.  Además me armé de valor para sacarme el permiso de conducir. Y de momento estoy en ello, la teórica la aprobé a la primera, las prácticas me están costando. Soy mucho mejor escribiendo que conduciendo. Y entre eso y que las clases son muy caras, de momento digamos que he hecho una pausa.

Las cosas no son fáciles...y empiezo a creer que nunca lo son ni lo serán. Un trabajo en la administración y un sueldo recortado una y mil veces, sin añadir que es un trabajo que no me llena, que no me da ninguna satisfacción y que, más bien al contrario, me da dolores de cabeza. Y la situación de mi pareja, un autónomo, es aún peor, estrangulado como está por esa boa constrictor que es Hacienda, que tan sólo devora pequeñas presas incapaces de defenderse mientras deja a otras de otra especie irse de rositas (infantas, banqueros, políticos, sindicalistas). El futuro se presenta incierto, a veces negro y en ocasiones soy incapaz de ver la luz al final del túnel. 

Y, como siempre llueve sobre mojado, hace unas semanas murió Bruna, su fiel compañera de cuatro patas. La pérdida ha sido terrible, pero yo no estoy dispuesta a que la tragedia siga riéndose en nuestras narices así que, después de una búsqueda incesante durante tres semanas, he encontrado al que a partir de ahora será su compañero, otro precioso rottweiler de dos meses que entrará a formar parte de nuestra familia.

Por todo esto y otras cosas que se quedan en el tintero, he dejado este blog tan abandonado. 

Tengo que seguir adelante, pero en este momento estoy en un cruce de caminos y no sé muy bien cuál tomar.


domingo, 14 de septiembre de 2014

Entre paréntesis

Sin ninguna pretensión. Sólo una reflexión de una mañana de domingo que toma la forma de un sencillo relato.




Los automóviles descendían por la calle Numancia y me dejaban atrás, uno tras otro, deteniéndose tan sólo ante los semáforos en rojo.  
Yo caminaba por la acera, sin prestar demasiada atención a mi alrededor, descendiendo también Numancia —como cada día— camino de la estación de Sants, en donde tomaría el tren de regreso a casa.
El día en la notaría había sido como cualquier otro, monótono y aburrido. Los minutos caían del reloj a cámara lenta mientras atendía el teléfono y transcribía testamentos, contratos y actas.
Por fin viernes. El viernes mi clausura llegaba a su fin a las tres de la tarde; y allí estaba yo desandando el camino de vuelta a mi hogar, repasando mentalmente las tareas y las obligaciones que me esperaban a mi llegada; y haciendo planes para distraer el tiempo libre y engañarme a mí misma, pensando que de eso se trataba, de hacer lo que, sin lugar a dudas, hacía el noventa y nueve por cierto de la población: trabajar para ganarse la vida y, después, tomarse un mojito el fin de semana, tostarse al sol, pasear por los centros comerciales… ¿Qué, si no, era la vida? Cada vez que tenía la más mínima duda, tenía a alguien al lado dispuesto a recordarme y a asegurarme que de eso se trataba, de trabajar, de tener un sueldo, de  pagar las facturas y, con el excedente de tiempo y de dinero, disfrutar.
 Y, sin embargo, yo dudaba. Y me preguntaba si mi hija, algún día, estaría sentada en cualquier tren a las siete de la mañana, adormilada, convencida de que la vida era eso: ocho horas diarias de monotonía a cambio del pago de la hipoteca, de un mojito y de una sombrilla en la playa.
Y es que algo había influido para que, en que aquel viernes en particular, mis pensamientos rozaran el completo desánimo, paladearan la duda y tiñeran la tarde de gris. Y había sido aquella visita a primera hora de la mañana.
Siete caras serias y compungidas, una de ellas desolada, aún sorprendida por la repentina pérdida, por el inesperado adiós, sin hacerse a la idea de que había llegado el momento de leer el testamento de quien había dormido a su lado durante veinte años.
“Ay, Dios, mío —susurraba una y otra vez— tan bueno que era y tan trabajador” Y continuaba con su cantinela “Ay, qué pena, un hombre tan bueno y tan responsable —proseguía—. ¡Y cómo soñaba él con que algún día nos sonriera la suerte y recorrer el mundo y comprarnos una casita en la sierra y retirarnos, rodeados de nietos y de perros!”
Y así descendía yo la calle Numancia, mientras los automóviles me rebasaban y me cruzaba con otros transeúntes, presurosos unos, lentos otros.
Y, de repente, sentí como si ya no perteneciera a esa escena que estaba teniendo lugar, como si yo estuviera acotada entre paréntesis, como una frase en medio de un texto. Observaba lo que sucedía desde algún punto fuera de mí misma: el ruido de los automóviles, las bocinas, el ladrido de un perro, los edificios de alrededor, el kiosko de periódicos…
“¿Qué era aquello? —me decía— ¿Qué lugar ocupaba eso en el Universo?” ¡Qué estúpida me resultaba aquella escena! “¡Qué absurdo! —me repetía—. Carne y huesos y esta conciencia que está aquí presente; y de aquí a cuarenta años ya no estaré, estaré muerta. Y todo seguirá sin mi. Y todos los que me rodean dejaran de existir algún día. ¿Qué somos en realidad? Polvo y ego.”
Ese viernes entré en casa, abracé a mi hija, acaricié las paredes de mi hogar, desempolvé mi título de magisterio y me senté delante de la pantalla de mi ordenador, en la página online del banco. Reflexioné, analicé y decidí.
La carta de renuncia llegó a la notaría el lunes. Yo misma la dejé en el buzón. Puse mi casa en venta, alquilé un estudio y dejé allí lo imprescindible, mis libros. Y, con mi hija de la mano, subí a un avión.
Y, dos meses después, aquí estoy, en otro aeropuerto, recorriendo con mi niña lugares y compartiendo con ella momentos, antes de que esté sentada en la sala de espera de una notaría, enjugando sus lágrimas mientras espera la lectura del testamento de su madre.
No sé aún lo que haré. Pero lo cierto es que nunca más perderé las horas de las que se compone mi día, las horas de las que se compone mi vida, tecleando actas y contratos. Quiero llenar mi vida de sentido antes de que sea demasiado tarde;  me imagino delante de un pequeño grupo de niños, en un aula sencilla de un pequeño pueblo de no sé qué país, delante de una pizarra, enseñándole las letras que les abrirán las puertas del mundo.
Si sólo soy polvo y ego, polvo y ego que algún día desaparecerá en el infinito, seré el polvo y ego que yo decida ser y, mientras lo soy, mi mayor deseo será iluminar ,aunque sólo sea un rinconcito, la vida de los demás.

sábado, 30 de agosto de 2014

Pequeño tesoro


Tarde tranquila, música suave, el cielo nublado y unas fotografías y los recuerdos... Y la melancolía y una ternura que rebosa y se desborda arrasando el dique de mis pupilas y cae en una riada de lágrimas.

Tantas veces te lo he repetido y es la verdad más grande que jamás pueda llegar a decir. Eres mi obra maestra, lo mejor que he hecho en mi vida, mi mayor logro. Nada de lo que haga se te podrá comparar.

¿Cómo puedo explicarte la inmensa alegría al saber que estabas creciendo dentro de mí? ¿Cómo trasladar a un papel la alegría y el amor sin límites y el temor de que algo pudiera herirte que me inundaron desde el momento en que supe que la chispa de la vida había prendido en mi vientre? Mi vientre, tu hogar, y tú la llama que lo iluminaba y que aún lo ilumina.

Las primeras imágenes en una ecografía, tu primera patada en mi interior, la certeza de mi amor por tí, cuando aún no eras mayor que la uña de mi meñique. La certeza de un amor imperecedero, límpido y puro. Es inexplicable. Es un milagro. Los milagros existen. Tú eres mi prueba de que es así. No hay mayor milagro que el del nacimiento de una vida. No hay ciencia que pueda explicarlo. Hay que sentirlo.

Creces, tus alas empiezan a crecer y, aún en el nido, empiezas a agitarlas y miras al exterior y sueñas con ese mundo que se abre incierto pero apasionante, lleno de promesas y, también, de incógnitas y de temores.

Y yo me siento orgullosa. Y un poco triste porque mi niño será dentro de poco un adulto que abrirá sus alas y se lanzará a la búsqueda de su propio futuro, de sus sueños y se alejará de mi.


Tarde tranquila, música suave, el cielo nublado y unas fotografías y los recuerdos...En las fotografías buscaba inspiración para escribir un relato pero, he aquí, que en lugar de un relato, me salió una declaración de amor.










lunes, 14 de julio de 2014

La última lágrima

Ando demasiado ocupada y con demasiados "debería" y "querría" en mi cabeza y apenas dedico tiempo a escribir. Ya lo sé...tengo que encontrar el tiempo...
Mientras tanto dejo un pequeño relato que tenía olvidado después de que no saliera finalista en un concursito literario. Ya llegará el día.





Sobre el asfalto parecían haber desaparecido para siempre las huellas del invierno. Las máquinas quitanieves se hallaban a cobijo en oscuras naves industriales y el aire era el salón de baile de miles de granos de polen que flotaban, yendo y viniendo a capricho del viento, aterrizando sobre las calles, los alféizares de las ventanas, los bancos del parque y los parabrisas de los vehículos aparcados,  al ritmo de estornudos y toses.
La primavera llamaba a mi puerta con insistencia y yo me desperezaba sacudiéndome el letargo que se había acomodado en mi alma durante aquellos últimos y gélidos meses.
El cielo azul, la luz del sol que comenzaba a remolonear y a robarle horas a la noche, los brotes verdes en los árboles, las flores que asomaban sus naricillas cual hadas curiosas, la llegada de las aves migratorias, las risas de los niños en las calles, todo confabulaba para sacarme del estado de melancolía y tristeza en el que había caído una mañana funesta de noviembre, aquella mañana en que el suelo se abrió y me tragó, impávido, a la salida de la sección de consultas externas de un hospital.
Me levanté de la cama y salí de la habitación. Pisé las baldosas del baño con los pies desnudos y me contemplé en el espejo casi sin reconocerme. El rostro demacrado, ojeras oscuras entorno a mis ojos y el pelo escaso y lacio.
 Me desnudé poco a poco,  dejé caer el pijama al suelo y me encontré frente a frente con la realidad que había estado intentando ocultarme a mí misma mientras, hecha un ovillo entre las sábanas, veía transcurrir el invierno a través de los cristales de la ventana.  La cicatriz donde antes estaba uno de mis pechos me hería los ojos, rogándome que la mirara tras meses de negación y de repulsa. Lentamente alcé la mano y recorrí su contorno y, para mi sorpresa, no lloré. La última lágrima se había quedado en la almohada junto a tantas otras.
Un trotecillo y un ladrido me sobresaltaron. Mi perro saltaba entusiasmado a mi alrededor, quizás intuyendo que el reloj de la vida había vuelto a ponerse en marcha. Acaricié su oreja mutilada y recordé lo mucho que lo quería.
No oí sus pasos a mi espalda hasta que sus brazos me rodearon y sentí sus labios en mi hombro, y una lágrima que no era mía se deslizó por mi piel.
La primavera había llegado. Las huellas del invierno habían desaparecido.